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Cualquier trabajador de la sede de Camper te dirá lo mismo: Don Lorenzo es un visionario. Este empresario mallorquín –muy mallorquín- concentra en su propio persona el espíritu de la firma de calzado que fundó en 1975 junto a sus hermanos Antonio y Miguel. Es una persona cercana y, al mismo tiempo, profeta en su tierra.

Un día mientras, yo trabajaba en Inca, sonó el teléfono. Era su secretaría, una mujer que concitaba una mezcla perfecta de dulzura y profesionalidad.

-Sento, a Don Lorenzo le gustaría verte ¿Puedes subir a su despacho?

(Por aquél entonces, yo trabajaba en el proyecto de la America’s Cup, y mi labor estaba a punto de finalizar).

Subí las escaleras y esperé en una sala llena de libros y objetos de la icónica marca de zapatos. No tenía ni idea de qué iba a pasar ni qué debía decir. Esperé de pie, evitando pensar demasiado.

En seguida apareció Don Lorenzo, que me saludó con un apretón de manos firme y seguro. No es un hombre alto, pero he de reconocer que su presencia impone respeto. Lorenzo es una persona sencilla y respetuosa. Así lo demuestran sus actos, como el de dedicar su tiempo a despedir a un trabajador que se va.

Me habló de sus primeros comienzos con Camper, cuando recorría a pie las tiendas de Mallorca, cargado de zapatos que vender. “Había gente que no me compraba nada, pero yo siempre estaba agradecido. No sabes lo que te puede deparar el futuro¬”, me explicó. Después hablamos de barcos, de la Copa del Rey y del Emirates Team New Zealand. Se notaba que Don Lorenzo era –y es- un amante de la mar.

Al terminar la charla, me despidió con otro buen apretón de manos, y me dijo que siempre tendría las puertas abiertas en Camper. Y se fue.

Recuerdo este breve encuentro como un momento especial. El hecho de que una persona tan ocupada dedicara veinte minutos de su tiempo a despedirse de uno de sus empleados… eso es lo que yo llamo tener madera de líder.