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“Dando vueltas al mundo conoces culturas, dando vueltas a la M30 conoces al ser humano.”

¿Os acordáis cuando los reyes os traían un regalo y no lo queríais abrir para que no se estropeara? Lo mismo me ha pasado con esta entrevista, pensaba en no publicarla por no gastarla.

Y me ha pasado esto porque tengo un amigo que cuando le comenté el proyecto de Vividores me dijo: -Sento esto esta muy bien, todo muy bonito, pero donde están “els diners” ¿cómo le vas a sacar beneficio?

Pues bien, la verdad es que el beneficio te la trufa un poco cuando conoces a alguien como Javier, ¡que pasada!, ¡que risas!, ¡que alegría!, ¡que bueno ver sus videos de facebook con su perro!

Ojalá os pueda transmitir con esta entrevista un 10% de su buen royo y humanidad.
Javier pasó de ser presentador cachondo del tiempo en la sexta a hablar de política en Al rojo Vivo y ahora es guionista en en Vancouver Producciones para series como La casa de Papel.

¿Cómo funciona esto, Javier? ¿Tú trabajas en el mundo de la comunicación y un buen día te dicen “te vas al tiempo”?

Sí, es horrible. A mí al principio no me hizo mucha ilusión. Todo fue porque conocía a (Antonio) Ferreras de la universidad, donde me dio clase. En ese momento yo estaba como becario en la SER y mi horizonte era empezar a trabajar por un salario de unos 600 € y con una vida muy precaria en dos años. Y entonces me llamó preguntándome por qué no me había presentado a las pruebas de la Sexta, y le tuve que decir que no me había enterado.
Me dijo que había un hueco y que era en el tiempo, y aunque mi primera reacción fue “no me jodas” él me dijo que no me preocupara y que lo hiciera a mi aire, que buscaban una cosa muy revolucionaria.
Yo del tiempo no tenía ni idea, y además desde muy pequeño era algo que evita ver en la televisión: siempre lo quitaba porque no me interesaba nada. Pero les dije que si me dejaban tocar temas de medio ambiente… y así fue como empezamos.


Hay una cosa que me gustaría saber, ¿cómo vendes tú, encargado de la sección del tiempo, que va a aparecer un tipo vestido de la Edad Media con un pollo dando vueltas?

Pues con entusiasmo. Lo que siempre he hecho es venderlo en cuanto se me ocurre, porque sabía que al día siguiente me iba a parecer demasiado. Llamaba a Antonio (Ferreras) y le decía que necesitaba un caballero con una armadura y él decía “¡pa’lante!
Acto seguido tenía que echar la bola a andar y ya implicaba a producción, le pedía una armadura, una piscina, un gimnasio… así, si él flaqueaba, la bola estaba lanzada y había que hacerlo.

¿Pero, en un apartado tan serio como el tiempo?

Estábamos en un momento en que había que lanzar la cadena (la Sexta). Era como la última generalista y no tenía marca de informativos como ahora, tenía la marca de entretenimiento.
Entonces el tiempo no era la especialidad de nadie, y tampoco es tan difícil ser originales. La verdad es que funcionó bien y tuvo mucha repercusión, aún sin redes sociales como ahora. Estas cosas si se planean demasiado no salen, pero alguna sí sale y a mí me tocó.

¿Somos muy correctos en la vida?

Pasa una cosa en la televisión, y es que todo lo que se cuenta muy serio, aunque sea un tostón viene como con una “presunción de importancia”, y a ese tipo de periodismo lo llamo “aburridismo”.
Ahora la actualidad está siempre fortísima y si nos preguntamos por qué han perdido relevancia los medios de comunicación, no sólo está la proliferación de medios, etc., es que hay mucho corsé. Cuando dirigí “La sexta columna” no éramos un programa de noticias, sino de análisis. Y una parte de lo que hacíamos era traducir a lo comprensible gran parte de artículos aburridísimos, que no había quién se leyese. Y teníamos un dato de audiencia muy bueno.

Pareces un tipo bastante espontáneo, ¿eso te ha traído problemas o todo lo contrario?

No, no me ha ido mal. Bueno me trajo problemas en alguna época de mi vida (ríe)

¿Cuando eras pequeño?

Sí, por ejemplo: no supe conjugar la espontaneidad y las matemáticas (risas), así que me generaba muchos problemas, pero cuando me fui dirigiendo hacia mi camino todo mejoró.

Me gustaría preguntarte algunas cosas sobre tu artículo “La Rampa”. Cuando lo leí me emocionó muchísimo. Me pregunto si la rampa sigue existiendo.

Sí, sigue ahí, ya ha cumplido veinte años. Estuve a punto de hacerle un vídeo porque la gente me pregunta por ella, pensé en grabarla pero luego… me despisté.

Cuentas que salieron los vecinos a ayudar, trabajando en torno a la hormigonera verde… esto es lo que me enamora del ser humano, ¿Qué es lo que te enamora del ser humano a ti?

Bueno, en ese artículo está la solidaridad, la sensación de barrio, apoyo, desinterés… Es lo que funciona en el artículo, nadie lo pide y es que hay algo en el ser humano que es la esperanza que es muy universal. Es un caso muy particular pero lo conté por la universalidad que tiene esa reacción. Y además condenados a la derrota, que le añade mucha épica.
Éramos cosas diminutas, nosotros, frente a algo enorme. Pero al final lo piensas y lo importante es poderte decir “yo he ido”. El otro día pensé que tiene mucho que ver con lo que sucede en Dunkerque, en la película: Hay un ejército cercado en una playa y la marina Británica no puede ir a rescatarlo, así que va la gente con barquitos minúsculos, en medio de la II Guerra Mundial, y cargan a unos chavales y se los llevan de vuelta a Inglaterra. Con aviones escoltándoles, pero no había otra cosa y con eso lo hicieron. Me emocionó mucho, son las pequeñeces humanas contra un titán.

También hablas de cómo dando vueltas al mundo conoces culturas y de cómo dando vueltas a la M30 conoces al ser humano.

(Risas) Los atascos sacan lo peor del ser humano. Mi tío fue camionero y tiene grabada la sociología de todo el continente por su manera de conducir.

¿Y cómo somos los españoles?

Desde luego conduciendo por la M30 sacamos lo peor, somos insolidarios y mezquinos, ves gente que no hace sociedad. Y lo mismo sucede en las colas de Ryanair, es terrible. Tuve un ataque de ira en París viajando con mi madre (risas). Después de 10 días por Europa, rodeados de gente civilizada, llegamos al aeropuerto para volver a Santander y hora y media antes la gente ya estaba de pie haciendo cola, mirándose mal, intentando colarse para no tener que facturar… Empecé a blasfemar… Mi madre me decía “Javier, por favor”…

Con 14 años sucede lo de tu hermano, en el 98, lo de tu padre, y luego tú has tenido tus problemas neuronales…

Sí, estuve dos años de baja. Fue una depresión. Fue una época de mucho trabajo y tras dos años en el hoyo vienen un montón de consecuencias.

Como tú dices, cuando vienen mal dadas, hay que construir rampas: ¿cómo se hace?

Es complicado: mira, mi peor momento llegó cuando con treinta años la seguridad social me quiso jubilar. Llevaba un año y medio de baja y me querían jubilar para ver cómo evolucionaba. Estaba muy medicado, y muy mal, con temblores… Que te dijeran que te jubilaban, oírlo, fue un mazazo.
Pedí el alta voluntaria porque temía no salir nunca de la jubilación, como si fuera un líquido amniótico. Tenía ahorros así que pedí el alta y una excedencia en el trabajo.
Me encontré muy mal, débil, y a los tres meses un buen amigo, Edu Madina, me dijo que volviera a Madrid. Me ofreció su casa pero yo busqué un espacio para mí. Busqué el piso más barato de Madrid y nada más llegar me impuse la rutina de sentarme cada día, con horario, a escribir. Aunque me costaba mucho.

¿Qué querías escribir?

Quería hacer un documental, buscar en el archivo ruso y alemán, para hacer un documental sobre la guerra. Pero me pareció tan aburrido que el primer día escribí en cambio el primer capítulo de mi novela. Sólo me dejaba llevar y escribía. La terminé y Planeta me la compró enseguida. Y en poco tiempo empecé a trabajar.

¿Cogiste seguridad? ¿Esto fue una de tus rampas?

Sí, la autoestima la tenía muy baja, pero me sentía operativo. En la Sexta fueron muy generosos, Ferreras me metió bajo su ala y estuve un año haciendo el trabajo más sencillo que he hecho en mi carrera. Luego le fui sacando jugo: era sacar declaraciones, cortarlas… yo estuve un año, ¡y venía de dirigir un programa!
Pero estaba haciendo algo que no hacía nadie: escuchaba cada día todos los mítines que se estaban haciendo en España. Y todo lo que se hace bien, y con colmillo, sirve. Un año después me vieron bien y me ofrecieron dirigir el programa del décimo aniversario de la Sexta y me atreví.

Así que has tenido varias rampas en la vida: el libro, Al Rojo Vivo… ¿Cuanto más fuerte es la crisis, más reforzado sales?

Sí, sales más sabio. Maldije la enfermedad mucho tiempo pero ahora sé muchas más cosas. Tenía una libertad absoluta en mi programa de política en la Sexta, mis dos primeros programas funcionaron como un cañón. Pero trabajaba más de 16 horas 7 días a la semana. Dormía en la tele en un sofá… y claro, un año y medio después exploté. El desastre estaba cantado, pero era un trabajo que me apasionaba.

Hablemos de tu libro, El crimen del vendedor de tricotosas. ¿Hasta que punto eres Daniel Ortiz? ¿Hablas contigo mismo como el personaje? ¿Cómo te llevas contigo mismo?

Mira, yo siempre le digo a mi novia: “si yo pudiera dejarme, me dejaría” (risas) pero bueno, me gusto, tengo una buena relación conmigo mismo. Siempre he tenido este rollo de hablarme y contestarme. Y bueno, soy menos triste, él es un personaje muy cobarde, aunque evoluciona. Tiene mucho de mi versión más patética. Si me hubiese dejado llevar por la inercia nos pareceríamos más. Es alguien que no toma decisiones.

¿Existieron las historias de la novela? ¿Y los personajes?

Sí, las historias de mi padre eran muy curiosas y el resto de personajes eran mis amigos. La novela la escribía para ellos, no pensaba publicarla, iba a ser algo de consumo interno.

Me gustó mucho la historia de tu padre y el Land Rover, ¿tu padre era así?

Mi infancia era un estar esperando todo el rato “a ver qué hace mi padre”. La historia de la que me hablas ocurrió un día que salíamos de comer en un pueblecito, íbamos delante mi madre y cuando nos dimos cuenta de que mi padre no estaba, mi madre me dijo que fuera a ver, a ver qué estaba haciendo. Cuando llegué, estaba hablando con un cura, y mientras me acercaba a ellos iba tratando de imaginar qué estaba pasando allí.
Cuando llegué, mi padre me cogió del hombro y apretó, como una señal de que algo se estaba cociendo… y empezó a contarle al cura: “este niño, por ejemplo, no tiene padres. Mi mujer y yo lo sacamos los fines de semana del orfanato y lo llevamos a que conozca un poco Cantabria… (risas) y como esas cosas sucedían, ni siquiera consideramos que fuera digno de comentarlo después en el coche, así que nunca supe de qué estaba hablando con el cura.

¿Cuál es tu pequeña miseria y cuál es tu rebelión frente a ella?

La inercia, el miedo en general, lo que hace que nos quedemos en la confortabilidad… Me costó mucho por ejemplo salir de la Sexta y despedirme de la profesión. Estuve dos semanas con conflicto interior porque quería irme a escribir ficción pero no veía cómo dejar atrás la cadena, el prestigio, escribir en un periódico… todo cosas que cuestan mucho de construir.
Hasta que dije basta, hablé con Antonio y le dije que dejaba la cadena. Estaba ya escribiendo el guión de la casa de papel y volvía a estar trabajando todo el día. Pero me apoyaron muchísimo y me rebelé contra el miedo a dejar la Sexta, que era mi casa.

¿Estamos viviendo el ataque de los zombies independentistas, en España?

No lo veo como un ataque, no sé: estamos viviendo la construcción de dos realidades, las dos tienen su parte falaz y su parte cierta. En general, las construcciones de los nacionalismos me espantan, pero es algo personal, no soy capaz de emocionarme por construcciones nacionales, no me gustan. Pero intento ponerme en el lugar de las dos construcciones de la realidad, y son tan lejanas…
Lo que más me interesa es la construcción de realidades, que convergerán en un sitio u otro: en la ley o en el diálogo, que es más flexibles. Espero que todo esto tenga al final una lectura muy positiva. Si salimos de aquí con una reforma de la Constitución, que no creía que fuera necesaria o por lo menos urgente, un pacto en el que estemos todos y nos llene de ilusión, entonces habrá valido la pena.
El melón constitucional hay que abrirlo, creo que deberían poder celebrar un referéndum. Pero uno en condiciones. Ponerlo en el horizonte. Sería un salto de modernidad en el que haríamos del país un proyecto atractivo para todos. Si lo hicimos una vez por qué no podemos hacerlo ahora.

Has trabajado Ferreras, con Álex Piña en Vancouver Media… cuéntame alguna anécdota que hayas tenido con éste último:

Con todo el mundo sacas cosas. Ferreras es un ser extraordinario, no he dejado nunca de aprender de él, su potencia profesional no la he visto más, y fue un factor fundamental para que yo pudiera estar allí. Y con Álex me pasó lo mismo, solo que en otro ámbito. Tiene un cerebro privilegiado y una forma d ver la creatividad muy buena, sintonizo muy bien con él.
Uno necesita conexión porque trabaja con la realidad (Ferreras) y otro necesita desconexión porque trabaja con la ficción. Una vez me dijo que podríamos escribir una película juntos. Le dije que sí y me dijo que nos fuésemos al Caribe a escribirla. Y nos fuimos a Colombia a escribir. Él dice que de viaje el cerebro se activa y eso es muy bueno para crear. Escribimos dos capítulos en dos semanas de la Casa de Papel, otros proyectos, hicimos turismo…

Javier, tan solo me queda que me recomiendes un sitio para comer un buen chuletón, como los que se comía tu padre.

Pues te voy a recomendar uno que está en Cantabria, en un pueblo que se llama Los Tojos. Se llama La Bolera y allí nos juntamos los amigos de toda la vida en verano. Nos pedimos cocido montañés, que está muy bueno, y chuletón; que es de sus propias vacas. Y de postre una tarta de queso increíble hecha con una base de sobaos, muy potente. Entras en una especie de nirvana calórico en el que ya no hay nada que hacer.
Finalizamos con unas cuantas fotos, y con la misma frescura y naturalidad que habíamos disfrutado durante toda la entrevista me habla de la música que le acompaña al escribir. En esta novela le acompañó Josele Santiago y su canción “Fractales”, la que dice eso de “Un señor normal, un tiempo normal, pasando normal por un día más de plomo”…